Chihuahua.- A pesar de la adversidad que representa su soledad, Abel es un papá feliz. Sus tres hijos se han convertido en un incentivo para seguir adelante luego de que su esposa muriera cuando dos de sus hijos, los gemelos, tenían apenas 10 días de nacidos.

Su inmenso amor por los pequeños es la fuerza que le permite estar al pendiente las 24 horas del día de los cuidados que necesitan los recién nacidos, así como toda la atención para Diego Abel, quien padece de epilepsia, convulsiones, asma, hiperactividad y problemas de lenguaje.

Abel, de 38 años, es un hombre corpulento, de un metro 85 de estatura, su gruesa voz tiene un marcado acento "ranchero", sus manos son ásperas después de años de trabajar como albañil y jardinero, pero de inmediato la imagen del hombre rudo se quiebra, no puede contener el llanto al recordar a Beatriz Adriana, el amor de su vida, su esposa.

"En realidad no sé cuál fue la causa, primero dijeron que era preclamsia, después que se le perforaron los pulmones, y luego que una neumonía. Se enfermó cuando los niños tenían menos de una semana de nacidos, la internaron y a los tres días se me murió", recuerda.

Desde entonces hace las funciones de padre y madre, se encarga de alimentar a los niños, bañarlos, lavar su ropa, asisitir a citas con el pediatra, esterilizar biberones, llevarlos de paseo y sobre todo tratar de cubrir el vacío que dejó la partida de su mamá.